“México está haciendo historia” fue una de las frases que acompañó el cierre del primer semestre de 2026. Se dijo en discursos oficiales, transmisiones deportivas, campañas publicitarias y conversaciones cotidianas. Durante varias semanas, la selección mexicana funcionó como un objeto en común: una camiseta, un himno, una promesa de pertenencia. La resaca política inicia.
No importaba del todo quiénes éramos fuera del partido; por noventa minutos pudimos decir “nosotros”.
Pero la selección mexicana perdió
Inglaterra silenció el Azteca y, con ello, cayó también una parte de la fantasía nacional que el Mundial había construido. No se trataba solo de avanzar a cuartos de final. Se trataba de sostener, aunque fuera por un instante, la ilusión de un país unido, competitivo, visible, capaz de reconocerse en una alegría común. La derrota no destruyó esa identificación, pero sí le quitó su objeto inmediato. La pelota dejó de rodar para México y, cuando el balón se detuvo, regresó al país.
La resaca inició en posterior al silbatazo final. La escena de la presidenta viendo el partido en Ciudad Nezahualcóyotl merece leerse con cuidado. No como una anécdota menor ni como un gesto puramente deportivo. Neza no es solo un municipio del Estado de México; es una geografía cargada de sentidos: periferia popular, memoria de urbanización desigual, precariedad, inseguridad, inundaciones, población obrera, resistencia y cultura local. Que la presidenta eligiera ver ahí el partido, acompañada por autoridades locales y estatales, no fue únicamente una decisión logística. Fue una imagen política.
En términos simbólicos, el poder no vio el partido desde el palco cerrado de una élite, sino desde una explanada popular, desde el inicio hasta el fin. Estas escenas buscaron producir cercanía: la presidenta como una aficionada más, entre la gente, compartiendo angustia, porras y decepción. El gesto tiene fuerza. También tiene límites. Porque una imagen de cercanía no sustituye la transformación material de los territorios que encarna. Neza no necesita solamente ser escenario del pueblo: necesita agua, seguridad, transporte, justicia, infraestructura, vivienda digna y gobiernos que no utilcien la periferia como fondo emotivo de una narrativa nacional.
Regresamos al programa habitual
En la mañanera de hoy, 6 de julio de 2026, vuelve a su forma habitual: calendario de pagos, precios de combustibles y canasta básica, obras contra inundaciones en el oriente del Valle de México, seguridad en Michoacán, soberanía frente a Estados Unidos, corrupción heredada y el anuncio de un próximo debate sobre la inteligencia artificial, redes sociales y salud mental. Después del sueño mundialista, regresó la administración de la realidad.
Este contraste es revelador.
Mientras la selección permanecía en competencia, el país parecía organizado por la emoción. Después de la derrota, el gobierno vuelve a organizarlo por cifras, programas, avances, porcentajes y promesas. Pero la pregunta ética no desaparece: ¿Qué ocurre cuando la energía colectiva que fue capaz de reunirse alrededor de un balón no logra sosstenerse frente a las víctimas, los desaparecidos, los trabajadores informales o las comunidades que viven bajo la amenaza cotidiana de la violencia?
La identificación futbolística produjo un “nosotros” rápido, intenso y eficaz. Freud habría dicho que la masa se sostiene cuando muchos sujetos colocan un mismo objeto en el lugar del ideal y, desde ahí, se reconocen entre sí. Durante el Mundial, ese objeto fue la selección. Por eso el desconocido se volvió hermano momentáneo: gritaba el mismo gol, sufría la misma jugada, odiaba al mismo rival, esperaba el mismo milagro.
Pero cuando ese objeto cae, la masa queda ante una pregunta incómoda, ¿qué nos une ahora?
Inicia la resaca política
Porque el problema no es que México haya celebrado. Celebrar no es una falta moral. En un país atravesado por precariedad, desapariciones y violencia, la alegría también puede ser una forma de supervivencia. El problema es que ciertas alegrías logran convertirse en identidad nacional con una facilidad que el dolor de las víctimas rara vez consigue. La camisa convoca. La lona de una madre buscadora incomoda. El gol produce un abrazo. El rostro de un desaparecido exige responsabilidad.

El mundial mostró que México todavía puede reconocerse como comunidad. La pregunta es por qué esa capacidad de identificación parece agotarse cuando el objeto ya no es una pelota, sino una ausencia.
México fue capaz de reunir a más de un millón de personas para celebrar los triunfos deportivos, pero los familiares de personas desaparecidas tuvieron que luchar incluso por conservar un pequeño espacio desde el cual mostrar los rostros de quienes faltan. Antes del partido contra Ecuador, integrantes de colectivos de búsqueda fueron desalojados y agredidos por policías de la Secretaría de Seguridad Ciudadana mientras realizaban una protesta en Calzada de Tlalpan. Las autoridades ofrecieron disculpas y anunciaron investigaciones, pero el acto ya había expresado algo más profundo: frente al escaparate mundialista, la memoria de las víctimas fue tratada como una interrupción incómoda.
Las lonas no contenían propaganda partidista. Mostraban rostros, nombres, fechas. Cada imagen recordaba que detrás de la cifra nacional existe una historia detenida. Al 16 de junio de 2026, el registro acumulado había lazando 135,048 personas desaparecidas y no localizadas; 791 más que un mes antes. Una historia que continúa creciendo.
La precisión importa. Inflar, minimizar o presentar incorrectamente una cifra también puede convertirse en una forma de violencia. Pero la exactitud estadística no debería neutralizar el escándalo moral. Incluso cuando los datos se expresan correctamente, sigue siendo necesario preguntarse qué clase de sociedad aprende a convivir con más de 135 mil ausencias sin que la vida pública se detenga.
Recuento de la resaca
Ayotzinapa sigue siendo una herida abierta no solo por lo que ocurrió la noche del 27 y 27 de septiembre de 2014, sino por todo lo que el Estado mexicano ha decidido no mirar de frente desde entonces. La estrategia, con matices y relevos, parece haber encontrado un límite nítido: cuando una investigación toca a las Fuerzas Armadas, la promesa de verdad se vuelve más lenta, opaca o se extingue. El Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes documentó obstáculos, información incompleta y resistencias para acceder a documentos militares. En 2026, una resolución judicial ordenó entregar cientos de folios generados por el Centro Regional de Función de Inteligencia, exigidos durante años por las familias. La existencia de dicha sentencia muestra que la promesa de transparencia no se cumplió. No demuestra por sí misma todas las motivaciones del poder, pero sí muestra un resultado político y moral: la transparencia no llegó como decisión voluntaria del Estado; tuvo que ser exigida, litigada y arrancada. La verdad, cuando compromete estructura de fuerza, deja de ser un compromiso público y se vuelve un campo de disputa.
Por eso la desaparición de órganos autónomos como el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) no puede leerse como un simple ajuste administrativo. En un país con fosas, archivos de seguridad, investigaciones inconclusas y familias obligadas a buscar a quienes el Estado no encontró, debilitar los contrapesos de acceso a la información no es una reforma menor. Es reducir una de las pocas vías institucionales que permitían incomodar al poder con documentos, fechas, nombres y omisiones.
¿Qué verá, la sociedad civil, ahora que no hay partidos de México?
Terminada la pausa mundialista, el gobierno ya no podrá administrar indefinidamente el ánimo colectivo desde la emoción del balón. Tendrá que responder, o intentar no hacerlo, ante las acusaciones formuladas en Estados Unidos contra Rubén Rocha Moya, ante las consecuencias de la reforma judicial, ante los alcances de la Ley de Amparo y ante una economía que puede presumir empleo mientras más de la mitas de quienes trabajan siguen haciéndolo en condiciones de informalidad.
La oposición tendrá que decidir si está a la altura de ese debate o si solo buscará convertir la resaca en cálculo electoral. Pero la exigencia no puede depender únicamente de ella. También corresponde a la prensa, a la academia, a los organismos civiles, a las familias buscadoras y a una ciudadanía capaz de indignarse no solo cuando pierde la selección, sino cuando el Estado pierde la obligación de proteger, informar y responder.
¿A quién decide poner atención, la sociedad civil, cuando no hay partido que mirar? ¿Qué coloca el poder en la televisión, en las pantallas, cuando ya no hay fútbol?
Autor: Bran. Lunes 06 de julio de 2026